
Los autores ya habían advertido que el modelo epidemiológico usado en medio de la pandemia es impreciso, incompleto y obsoleto. De ahí, que Bogotá tenga números de casos confirmados y porcentajes de ocupación tan altos. Proyecciones de los próximos meses se presentan en este artículo.
Nos gustaría aclarar, en primer lugar, que este artículo no tiene ningún interés político en particular. No tenemos, dicho de otra manera, la intención de lo que en él se diga sea del agrado de quienes gobiernan, ni de quienes quieran que fracase cuanta medida se haya tomado en el manejo de la pandemia, ni menos aún de quienes de la salud de los demás -y de la misma ciencia- hacen un asunto de políticas de izquierda, centro o derecha. Rechazamos, por eso mismo, todo cuanto tenga que ver con la defensa a ultranza de cualquier tipo de totalitarismo, aceptamos todo disentimiento de orden histórico, filosófico, artístico o científico, y asumimos sin condiciones la justificación del valor democrático por excelencia: el del espíritu crítico. Entendemos, en efecto, el sentido de la independencia como lo entendió Voltaire, como lo entendió Hume, como lo entendió Locke, como lo entendió Rousseau, como lo entendieron los espíritus libres del renacimiento, y como, desde luego, lo entendieron mejor que nadie los antiguos griegos.
Así que si usted, lector, piensa que no puede con esto, y definitivamente cree que su voto es un compromiso de escudero con quien sea que esté ahora o quiera ver después en el gobierno, si usted no puede con esto, insistimos, hará bien en dejar de leer ya mismo este texto, y buscar uno en que se reafirmen todos y cada uno de sus evangelios. Si usted, en cambio, piensa que su sola condición de ciudadano -o de ser humano- le otorga el derecho natural de señalar las equivocaciones de quienes lo están gobernando, y de exigirles que sean un poco más eficientes y transparentes en lo que les está confiando, si usted cree, mejor dicho, que el voto trae consigo la responsabilidad de convertirse en el primer crítico de sus dirigentes políticos, no solo está invitado a seguir leyendo este artículo, sino que está obligado a corregirlo donde piense que debe ser corregido, a defenderlo donde sienta que debe ser defendido, y a destrozarlo donde entienda que deba ser destruido. Si quiere, en conclusión, que le demos la razón, esperamos que nos lo demuestre con una razón, y no con su amor fanático hacia el político en que aspira encontrar su salvación.
“De ordinario son los pillos los que guían a los fanáticos, y los que les ponen el puñal en las manos”, Voltaire, Diccionario filosófico, Fanatismo.

